De Viena a Juan Amor de Soria

septiembre 11 07:51 2017 Print This Article

Recreación pictórica del asalto final de las tropas bosbónicas a Barcelona

La pasada semana explicábamos la traición de los catalanes al firmar unas constituciones con el Emperador Carlos VI, en las cuales se prohibía que ningún Borbón fuera rey de España. Ante esta traición era lógico que en los tratados de Utrecht y Rastatt no diera su brazo a torcer. Pero, claro, la historia del llamado caso de los catalanes no acabó aquí. Es más, se prolongó en el tiempo. Esta semana hablaremos de lo que pasó en Viena en 1725 y de un personaje llamado Juan Amor de Soria, que intentó darle la vuelta al tema y formular una nueva estructura de gobierno muy alejada del decreto de Nueva Planta y más parecido a lo que hoy algunos llaman estado federal.

Concluida la firma de los tratados de Utrecht y Rastatt y, con ello, la guerra de Sucesión, se debía pactar la manera que las tropas extranjeras abandonarían Cataluña. Por ello el 22 de junio del 1713 se firmó el convenio de Hospitalet de Llobregat. Este convenio iba ligado a los principios fijados en la Convención para la evacuación de Cataluña, firmado el 14 de marzo del 1713. El 30 de junio del 1713 se reunió la Junta General de los Brazos catalanes. Tenían que dirimir si Cataluña se sometía sin condiciones a Felipe V o se continuaba la guerra en solitario. Evidentemente decidieron continuar, pues no podían hacer otra cosa. Ese día Cataluña decidió huir hacia adelante para dilatar en el tiempo el desastre final.

La paz entre Felipe V y Carlos VI se prolongó en el tiempo y no se firmó hasta el 1725. Como en Utrecht y Rastatt también se planteó el tema catalán. Felipe V continuó negándose a cualquier trato. Sin embargo, en aquel tratado se concedieron ambos monarcas una serie de favores reales. En primer lugar Carlos VI renunció a sus derechos a la Corona de España y reconoció a Felipe V. Por su parte esté renunció al trono de Francia y reconoció la soberanía de Carlos VI sobre Italia y los Países Bajos. A cambio, Felipe V otorgó la amnistía a los austricistas y se comprometió a devolverles los bienes confiscados durante la guerra. Esta devolución se realizó realmente, pero dilatándose en el tiempo. Las últimas devoluciones se produjeron en la época de Carlos III. Además reconoció como válidos los títulos nobiliarios concedidos por Carlos VI. Y ambos se perdonaron las ofensas y daños sufridos durante la guerra. Monetariamente Carlos VI se comprometió a pagar las deudas contraídas por Cataluña.

A nivel general el tratado de Viena no sólo benefició y fortaleció a los dos monarcas, sino a los austricistas. Si bien, sobre el particular hay que matizar una cosa. Si hasta ese momento el movimiento austricista había sido un solo bloque, a partir del tratado de Viena se dividió en dos. Los que aceptaron el tratado, por sus ventajas a nivel personal, se conocieron como oficialistas o dinasticistas. Estos eran los que llevaban años exiliados en la Corte vienesa. Los que se quedaron en Cataluña no estuvieron de acuerdo con el tratado y se les empezó a conocer como constitucionalistas. Para estos últimos, y por la supuesta mala gestión de los embajadores de Carlos VI, Cataluña quedaba esclava de Felipe V. Las gestiones de Carlos VI fueron beneficiosas para él y, por temor a perder lo conseguido, dejó de lado las pretensiones de los catalanes. Además consideró que habían salido ganando con la amnistía.

Los austricistas exiliados en la Corte vienesa siguieron allí, pues aunque habían recuperado o recuperarían el patrimonio perdido junto con los títulos nobiliarios, en la Corte vienesa vivían mucho mejor que en España. Allí eran tenidos en cuenta. Aquí se les hubiera tratado como uno más y muy alejados del poder político y económico. Los residentes en la Península continuaron defendiendo sus ideales, pero solos.

El más destacado austricista constitucionalista -olvidado durante años y recuperado por el recordado Ernest Lluch- es Juan Amor de Soria. Este defendía una monarquía federal -el actual estado federal- en contraposición a la monarquía absolutista defendida por la Casa de Borbón. Para ello daba un papel primordial a las Cortes. El mismo papel e importancia que habían tenido en la Edad Media hasta la época de los Austria. Pero aquí puntualizaba al afirmar que la decadencia de la Casa de Austria estuvo ligada a la no convocatoria de Cortes, “y de esta omisión han nacido los mayores males de los reinos y la peligrosa enfermedad que hoy padecen”. Juan Amor de Soria propugnaba “hermanar y concordar las dos coronas y sus naciones, deshaciendo y destruyendo una de las causas de la enfermedad de la monarquía por la discordia y antipatía que entre ellas ha reinado”. ¿Qué proponía?

Su idea era que las Cortes de Castilla y la Corona de Aragón se reunieran una vez cada 7 años. Mientras tanto habría una asamblea fija -actualmente le diríamos mesa permanente- formada por 11 diputados distribuidos así: 2 por Castilla, 1 por Andalucía, 1 por Granada, 1 por Murcia, 1 por Galicia, 1 por Navarra y Vascongadas, 4 por la Corona de Aragón. A parte se establecería un parlamento monárquico. Este sería convocado cada 10 años. Este parlamento estaría formado por los diputados mencionados anteriormente, 2 consejeros de casa Consejo Supremo y un secretario de estado.

Esta forma de gobierno quedó plasmada en el libro Enfermedad crónica y peligrosa de los reinos de España y de Indias del 1741. Recuperado en el 2010 por la Biblioteca Ernest Lluch de Economistas Aragoneses, Institución «Fernando el Católico» (CSIC). Refiriéndonos a Lluch, en la introducción del citado libro podemos leer:

Sabemos que fue una guerra civil que enfrentó a españoles entre sí por entender a España de dos formas distintas. Un lado fue más proclive al establecimiento de la monarquía borbónica con una visión unitaria, mientras que el otro luchó para mantener la monarquía compuesta de los Austrias con sus «libertades antiguas» en los distintos territorios. La primera concepción coincidió más, pero no se identificó, con la Corona de Castilla y la segunda coincidió más, pero tampoco se identificó, con la Corona de Aragón. Efectivamente, en esta última aparecieron partidarios de la llamada Torre de Babel y en la primera existieron austricistas”.

Terminamos recapitulando. Por mucho que se empeñen unos pocos revisionistas en España hubo una guerra de Sucesión. Nunca una guerra de secesión. En un primer momento Cataluña apoyó a Felipe V y posteriormente lo traicionaron. Teniendo en cuenta esto suprimió sus derechos e instauró el decreto de Nueva Planta. Navarra, por ejemplo, mantuvo sus fueron porque permanecieron fiel a Felipe V. Fue una guerra civil, con la intervención de países aliados, que no querían ver a un Borbón en la corona de España. Se luchó por un fin y Cataluña perdió. Ni antes, ni durante, ni después fue Cataluña un país independiente, pues desde antaño estaba supeditado a las leyes y formaba parte de la Corona de Aragón. Explicar lo contrario es tergiversar y mentir. Espero que haya quedado claro.

César Alcalá

Historiador

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