Tratados de Utrecht, Rastatt y los catalanes

agosto 28 06:03 2017 Print This Article

La guerra afectó a diversos territorios europeos

La guerra de Sucesión española terminó, a priori, el 12 de octubre del 1711, al ser nombrado Carlos de Habsburgo Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Las potencias extranjeras -la Gran Alianza- decidieron darla por finiquitada. El problema es que Cataluña siguió en pie de guerra hasta septiembre del 1714 y, por eso, no se puede afirmar su finalización total, aunque la derrota estaba más que asegurada porque las potencias extranjeras dejaron sola esta región. Pero lo importante del tema es que en enero del 1712 se empezó a trabajar en la elaboración del tratado de Utrecht y en el de Rastatt. El primero fue firmado el 11 de abril del 1713 por Francia, Gran Bretaña, Prusia, Portugal, Ducado de Saboya y las Provincias Unidas; el segundo fue firmado el 6 de marzo del 1714 por Francia y el Sacro Imperio Romano Germánico. En ambos se trató el tema de Cataluña, siendo el Emperador Carlos VI su máximo promotor. Con lo cual debemos preguntarnos: ¿Por qué Carlos VI siguió apoyando a los catalanes en rebeldía contra Felipe V? ¿Qué pidió en ambos tratados? ¿Qué consiguió? ¿Cómo acabó el tema?

Vayamos por partes. La reina Ana Estuardo de la recién creada Gran Bretaña pidió a su embajador que viajaran a Madrid. Allí tenía que entrevistarse con Felipe V. Su pretensión era que el nuevo rey concediera una amnistía general. Dicho de otra manera, que perdonara a todos aquellos seguidores del archiduque -conocidos como austricistas- que se habían quedado en España y, en particular, en Cataluña. También aquellos que se habían marchado a la Corte austríaca. Además el embajador británico quería pactar que Felipe V conservara las constituciones catalanas. ¿Qué era esto? La reina pretendía conservar todas las normas promulgadas por el conde de Barcelona y aprobadas por las Cortes catalanas. Estas cortes estaban formadas por los tres brazos: el eclesiástico, el militar o noble y el real o de las villas. Estas se convocaban en Monzón o Fraga. Como podemos ver el embajador Lexington tenía una misión muy precisa y complicada. La reina Ana se sentía copartícipe de lo que podía ocurrir al haber firmado el Pacto de Génova. Envió a Lexington por motivos de honor y de consciencia. Sus súplicas no tuvieron el fruto deseado. Felipe V le negó todo lo que le pidió diciéndole:

Por esos canallas, esos sinvergüenzas, el rey no otorgará jamás sus privilegios, pues no sería rey si lo hiciera, y esperamos que la reina de la Gran Bretaña no nos los quiera exigir. Sabemos que la paz os es tan necesaria como a nosotros y no la queréis romper por una bagatela”.

Claro y conciso. Felipe V estaba muy resentido con los catalanes, pues estos se habían levantado en armas, defendiendo al archiduque Carlos, y en contra del testamento de Carlos II. Asimismo dos personajes de Vic -Antonio de Paguera y Domingo Parera- firmaron en nombre de Cataluña el Pacto de Génova con la Gran Bretaña. Reconocieron al archiduque Carlos y en recompensa recibieron soldados, caballería y fusilería. Eran demasiados despropósitos para aceptar lo que se le pedía. Sin embargo sí que le concedió Gibraltar y Menorca a la reina Ana Estuardo.

El Emperador Carlos, por su parte, a través del embajador Hoffman planteó que la Corona de Aragón quedara bajo el dominio de la Casa de Austria. Dicho de otra manera, volver a los tiempos de los Reyes Católicos. Daba dos soluciones: o bien ser el Emperador su gobernante, o bien nombrar a una archiduquesa. Con esta solución España quedaría dividida en dos. Otra solución apuntada por el Emperador era que Cataluña, Mallorca e Ibiza quedaran en manos inglesas. Ambas propuestas fueron rechazadas por Felipe V. ¿Por qué?

De haber aceptado Felipe V las pretensiones de Carlos VI hubiera significado el reconocimiento de un empate técnico. Ambos monarcas hubieran partido España en dos. Una parte pasaría a formar parte del Sacro Imperio Romano Germánico y la otra parte indirectamente a Francia. La negación por parte de Felipe V era más una cuestión de honor que de libertades o constituciones. Cataluña y Mallorca no eran significativas en este caso, sino el hecho de reconocer que ninguno de los dos podía investirse como ganador de la contienda. De haberse aceptado España, como tal, hubiera desaparecido. No sabemos lo que hubiera ocurrido, pero era una locura. Al no aceptarse sus condicione el Emperador Carlos decidió no firmar el tratado de Utrecht.

Durante las negociaciones del tratado de Rastatt el embajador del Emperador Carlos, el príncipe Eugenio de Saboya, volvió a la carga con las mismas peticiones. Cataluña y Mallorca eran los dos reductos donde aún no se había implantado el decreto de Nueva Planta. Las pretensiones del Emperador volvieron a quedar frustradas por la negativa de Felipe V. En contrapartida consiguió los Países Bajos españoles, Nápoles, Milán y los presidios de Toscana y Cerdeña. Con ello quedó cerrado el pacto y dejando el Emperador a Cataluña en manos de Felipe V. Llegados a este punto cabe preguntarnos el porqué de la obstinación de Carlos VI por mantener las constituciones en Cataluña y Mallorca y no dejar que se estableciera el decreto de Nueva Planta. La respuesta es esta:

El caso de los catalanes -refiriéndose a una publicación aparecida en Londres en marzo del 1714- no se refiere en exclusividad a las libertades del Principado de Cataluña sino a la de todos los reinos y dominios de la Monarquía de España. Se tendría que formar una gran alianza en Europa para restablecer el equilibrio europeo y para liberar a los españoles que gimen bajo la más dura servidumbre del despotismo de la Casa de Borbón y restaurar la antigua libertad de los españoles y de los vasallos de aquella gloriosa monarquía en dichos reinos y dominios, la segura observancia de sus leyes, de sus fueros, de sus privilegios, de sus libertades e inmunidades, la autoridad de sus Cortes generales, cual la tuvieron en tiempo de los señores reyes don Fernando y doña Isabel”.

Este fragmento pertenece a un libro anónimo titulado Remedios necesarios, justos y convenientes para restablecer la salud de Europa, publicado en 1732. Los tratados de Utrecht y Rastatt nos demuestran que en ningún momento se luchó en Cataluña para separarse de España. Se combatió para que Felipe V no fuera rey de España, para que no se implantara el absolutismo borbónico en nuestro país. Se eligió al archiduque Carlos porque así las cosas continuarían como en la época de la Casa de Austria. No se quería cambiar una serie de estructuras legislativas -constituciones y usatges- activas desde la Edad Media. Con la llegada de Felipe V se establecería el absolutismo. Era bien sabido cómo gobernaba Francia su abuelo Luis XIV. Por lo tanto, se intentó que esto no pasara. Ante la negativa del nuevo rey y las prebendas conseguidas en los tratados, se dejó de lado el futuro de Cataluña y Mallorca y se centraron en mantener la paz. Ni antes ni durante ni después de la guerra de Sucesión Cataluña fue una nación independendiente. Este pensamiento es una invención de personas tergiversadoras de la verdad. Cataluña era una parte de la Corona de Aragón -Reino de Aragón, Principado de Cataluña, Reino de Valencia, Mallorca y Cerdeña- y, al aprobarse el decreto de Nueva Planta en el 1707, se convirtió en una región más de España. Esta es la realidad y la veracidad histórica.

César Alcalá

Historiador

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