Christmas carol for a independentist

diciembre 21 07:19 2016 Print This Article

César Alcalá

Llega la Navidad y es un momento de dar un poco de tregua –no mucho- a la gente. Días de reflexión, de reuniones familiares, de villancicos y regalos. Algunos pocos reflexionaran pues, de hacerlo, hiperventilarían. En fin, es un tiempo de recogimiento y de invitar a los pastorcillos de Famosa y del independentismo a ir al portal de Belén. Ahí, un 25 de diciembre, de hace más de dos mil años, nació el hijo de Dios. Y, aunque, muchos de ellos ni celebran ni creen en estas cosas, me gustaría explicarles lo que se celebra estos días. Para dar luz a unas vidas que tienen las pilas duracel en reserva. Es bueno saber de dónde venimos para conocer dónde vamos.

Estas fechas se celebran desde tiempos inmemoriales. No sabemos cuando se empezó a celebrar el solsticio de invierno, pero es el origen de todo. Con el paso de los años aquellas fiestas paganas que romanos y griegos incluyeron en sus fiestas tradicionales se reconvirtieron y se cristianizaron. Ya no se celebraba el solsticio, sino el nacimiento del hijo de Dios. También desde tiempos ancestrales ponemos arboles en nuestras casas. Es una tradición que viene del norte de Europa. Por estas fechas es cuando hacía más frío y las familias o tribus se reunían en casas durante más de diez días, sin salir, y celebraban aquello quemando troncos de árboles y comiendo la abundante carne que tenían. Con los años los árboles dejaron de quemarse y se empezaron a adornar y se encendieron luces para conmemorar aquella ancestral tradición.

También desde tiempos inmemoriales se canta en las casas canciones tradicionales. Es algo intrínseco en el ser humano. Aquellas canciones paganas fueron evolucionando y se cristianizaron. Con el tiempo se compusieron villancicos dedicados al hijo de Dios y, el paganismo desapareció para convertirse en todo aquello que, aunque pagano, se refiere a la celebración de estos días. Los villancicos salieron de las casas y se trasladaron a las calles y a las iglesias. Con la evolución tecnológica llegaron a la radio y a la televisión.

Ya por el siglo IV había un obispo llamado Nicolás de Bari que hacía presentes a los niños necesitados. La historia de aquel santo obispo se convirtió en el llamado Sinterklass de los países del norte. Su personificación es un hombre mayor, con barba, vestido de rojo y con mitra. Esa tradición ancestral vinculada con el cristianismo viajó de la vieja Europa al Nuevo Mundo. Hubo un hombre que sintetizó la tradición del obispo Nicolás con Sinderklass. Este hombre se llamaba Clement Clarke Moore y en el año 1823 publicó A visit from St. Nicolas. En ella juntaba las dos tradiciones e incluyó de otras que él mismo se inventó. Ya teníamos el guión. Thomas Nast, en 1863, dibujó el personaje y Norman Rockwell lo inmortalizó. Con los años, allá por los cuarenta dl siglo pasado, nació Rudolf, el reno de la nariz roja. Y la magia se produjo y aquel Sinterklass del Viejo Mundo que viajó al Nuevo Mundo regresó al primero reconvertido en Santa Claus o San Nicolás y, desde finales del siglo XIX, se celebra aquello que magnificó Clement Clarke Moore la noche de Navidad.

Cada uno tiene su manera de celebrar esta festividad ancestral. No hay una sola Navidad, sino que cada uno la vive como cree y considera que ha de hacerse. Por eso es lógico que las nuevas generaciones lamenten su actual significado. Siempre se quiere volver a lo que piensan que era. Y eso no puede ser. Nuestros recuerdos son agradables sobre el pasado y, con la pérdida de los seres queridos, desearíamos dar marcha atrás. En ocasiones mitificamos el pasado, consideramos que aquello era lo mejor y no es cierto. Era una parte de nuestra vida y la recordamos con cariño porque en esa imagen había personas que hoy no están. Así de sencillo. Y eso no quiere decir que fueran ni mejor ni peores que las actuales, sino diferentes. Y ahí está lo maravilloso del asunto, porque las tradiciones y los recueros nunca son estáticos y nunca se parecen a lo que uno imagina que fueron antes. Ahora bien, la magia de estos días permite que los preservemos en nuestro inconsciente y nos emocionemos -como diría Charles Dickens- al recordar la Navidad pasada.

Hace más de dos mil años nació en Belén un niño. Para los cristianos es el hijo de Dios. Para lo árabes un profeta. El judaísmo aún lo está esperando y por estas fechas se celebra Januká. Sea como fuere, en Belén nació un niño.

A lo largo de los años han nacido miles de niños, millones. Lo normal es que nazcan criaturas. Sin embargo, nadie se acuerda de ellos. Eso sí, cada 25 de diciembre celebramos el nacimiento del niño nacido en Belén.

Tal vez no fuera el hijo de Dios -o si-. Lo cierto es que ese niño era alguien muy especial, pues dos mil años después aún seguimos celebrando su nacimiento. Y esa es la grandeza de la Navidad.

Luego vinieron los árboles, los adornos, los regalos, los villancicos e, incluso, Papa Noel. Todo esto forma parte de la magia de la Navidad. Sin embargo, el niño que nació en Belén perdurará hasta el fin de los tiempos. Porque, aunque a los pastorcillos y patriotas les moleste, es el hijo de Dios.

Y acabaremos con el final del excelente poema de Clement Clarke Moore, porque su texto ya es parte intrínseca de la Navidad…

He sprang to his sleigh, to his team gave a whistle,

And away they all flew like the down of a thistle,

But I heard him exclaim, ere he drove out of sight,

“Happy Christmas to all, and to all a good-night.”

 

Feliz Navidad pastorcillos y patriotas. Feliz Navidad a todos los demás y, como no podría ser de otra manera, a todos buenas noches.

César Alcalá

Historiador

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