A ver si nos enteramos

noviembre 09 07:09 2016 Print This Article
César Alcalá

César Alcalá

A veces parece como si la gente no se diera cuenta de lo que realmente está pasando. Puede parecer normal con las personas que viven su día a día intentando sobrevivir y sacar adelante a su familia. Ellos son unos luchadores y unos valientes. Les importan las cosas precisas y concretas y no buscan peras al olmo. El problema está cuando las personas que, directa o indirectamente, se dedica al mundo de la política, no saben por dónde vienen los tiros.

El hecho es grave. Y esta incapacidad de darse cuenta de la realidad la encontramos en los que gobiernan y los que están en la oposición. Existe últimamente un movimiento político –vinculado a la izquierda, aunque la derecha intenta hacérselo suyo- que es el populismo. Este movimiento no es político. Es más un hacer que una realidad. Todos, tanto de derechas como de izquierdas, somos conservadores. Al final uno quiere sentarse en el sofá de su casa, ver la tele y estar tranquilo porque ha podido pagar los recibos, está la nevera llena y hay una estabilidad familiar.

Este conservadurismo llega con los años. La revolución es lícita cuando uno es joven. Con el paso de los años se pasa al conservadurismo. El populismo es más una reacción contraria para dar un toque de atención a los que pretenden que la sociedad conservadora pierdan o estén a punto de perder su status. Cuando uno ve que aquello que le ha costado conseguir tiembla, se vuelve populista para que los políticos conservadores vuelvan a hacer aquello que uno espera.

Hacer políticas populistas es una pérdida de tiempo. La mayoría de los políticos que las llevan a cabo es porque no tienen una hoja de ruta o un plan de futuro. El día a día los come y no pueden estructurar nada. No planifican más allá de lo que pasará hoy. Mañana resolveremos los problemas que surja y, así hasta el final de la legislatura. Si bien es cierto que, para ellos, su labor ha sido muy amplia y han llegado a muchos sectores de la sociedad, la realidad es otra. En el fondo su trabajo ha sido mínimo. Aquello que han hecho se hubiera realizado igualmente y no hacía falta utilizar tanto esfuerzo. No han hecho nada y, además, no han estructurado el futuro del lugar donde están gobernando.

Por eso muchos piensan, si hablamos de presupuestos, que lo importante es el ordinario y lo de menos es el presupuesto de inversiones. He aquí la gran equivocación de los populistas. El presupuesto ordinario lo vas a gastar si o si en el día a día. No hay posibilidad de cambiarlo sustancialmente. Quizás un 10% de él se puede mover de una partida a otra, pero poco más. Lo verdaderamente importante es el presupuesto de inversiones, pues con este se construye. Como dijo Churchill se conoce a un estadista por el hecho que este piensa en el futuro y no en las próximas elecciones.

Y los populistas viven el día a día para consolidarse –o no- para unas próximas elecciones. Es lo que les interesa. Los grandes problemas ya vendrán y, en ese momento, lo solucionaremos. Mientras tanto intentaremos sobrevivir y vivir el día a día sin preocuparnos de nada más y sin organizar y planificar.

Esto, a la ciudadanía le puede gustar un rato, pero no para siempre. El populismo es un acto de rebeldía en un momento determinado. Un voto de castigo. Muchas veces no se dan cuenta que lo mejor es no ir a votar para castigar. Ciertas iniciativas son contraproducentes y se eternizan, aunque sólo sean por cuatro años.

Cuando el cabreo ha pasado la gente desea volver al conservadurismo. En los últimos sondeos del CIS nos damos cuenta que el conservadurismo sigue ganando y que aquellos partidos populistas –tanto de derechas como de izquierdas- empiezan a perder fuelle. Digámoslo así, cuando el PSOE ha querido ser populista ha perdido sus orígenes y el norte.

Y algunos siguen sin entender lo que está sucediendo. Y ese es el problema. Lo peor de todo esto son los demagogos de la política que, en pocos casos, pueden llamarse o se les llama ideólogos. Esos marcan el devenir diario de no sé qué tipo de política o manera de hacerla y se creen en posesión de la verdad. Ellos son los populistas que dan pan hoy, pero hambre mañana.

La historia nos demuestra, como apuntó Eugeni d’Ors, que toda la historia se puede estructurar en dos columnas. La primera se llama barroco y la segunda clasicismo. El barroco es la exaltación y el libre albedrio. Todos los excesos dionisiacos se concentran en el barroco. Después de ese periodo viene el clasicismo. Es decir, la calma, la tranquilidad, la estabilidad. Actualmente estamos viviendo en un estado llamado barroquismo. Y son muchos los ejemplos que podríamos poner. Desde la mal llamada independencia hasta los personajes o personajillos que rigen la vida diaria de muchos municipios. Ante esta amalgama de cosas nos queda una esperanza. No tardaremos mucho en volver al clasicismo.

Y esta situación algunos no la ven o no la entienden. Piensan que todo debe seguir igual o como ellos creen. Se equivocan. Hay que dejar al barroquismo que inunde la sociedad. Es como un resfriado. Luego uno se vacuna para devolver la salud a toda una serie de aspectos sociales marcados por la “rauxa” y no por el “seny”. A los barroquistas les queda uno o dos telediarios. Luego vendremos los clasicistas para devolver a la sociedad el status quo perdido.

César Alcalá

Historiador

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