Olivares versus Esquilache

noviembre 02 06:44 2016 Print This Article
César Alcalá

César Alcalá

A raíz del artículo dedicado a los gurús de la política y de la comunicación –hay que decir que algunos no lo entendieron o malinterpretaron pensando que se hablaba de alguna persona conocida- se inició una polémica vinculada con dos personajes de nuestra historia política: Olivares y Esquilache. Como dicen o decían los títulos de crédito: cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. En este caso cualquier parecido con la realidad no es coincidencia, es real.

Volviendo a la polémica haremos una pequeña semblanza de los personajes. Gaspaz de Guzmán y Pimentel Rivera (1587-1645) era conde de Olivares y duque de Sanlúcar la Mayor. Al ser el tercero de los hijos del matrimonio inició sus estudios sacerdotales. La vida quiso que sus dos hermanos mayores fallecieran y que, en 1604 empezara su carrera política. Válido de Felipe IV, fue uno de los personajes más importantes de aquella España marcada por luchas internas y externas. A Olivares lo fulminó el levantamiento conocido como Corpus de sang. Malentendido por muchos y odiado por otros, tuvo que exiliarse a Toro donde falleció. Fue coetáneo del cardenal Richelieu.

Por su parte Leopoldo de Gregorio (1699-1785), marqués de Esquilache, vino de Italia con Carlos III. Se dice que este rey fue el mejor alcalde de Madrid. Gran parte de esta labor es gracias a Esquilache. El cual contribuyó al saneamiento, alumbrado y trazado urbano de la Villa y Corte. También, como Olivares, tuvo que exiliarse por lo que se conoce como motín de Esquilache. En aquella época los hombres iban con capa. Debajo de la misma guardaban o escondían pistolas y espadas. Esquilache quiso suprimir esta moda y, por así decirlo, le salió el tiro por la culata.

Ambos personajes tuvieron que exiliarse y, su labor, fue reconocida o no. Dos personajes que pertenecen a una época aunque, como es conocido por todos, sus ideas se pueden extrapolar a día de hoy. En nuestra actual política existen Esquilaches y existen Olivares. ¿Cómo diferenciarlos? ¿Quién es cada quién?

Esto depende del comportamiento de la persona o de los ojos de la persona que los miran. Y es aquí, como siempre, donde las interpretaciones se solapan y se complican, dando pie a las discusiones y controversias.

La política llevada a cabo por Olivares se define como autoritarismo. En el Antiguo Régimen era menester ser autoritario y caciquil. Esto no sólo ocurría en España, sino en la vieja Europa. Se puede resumir esta forma de gobierno con estos términos: es una modalidad del ejercicio de la autoridad que impone la voluntad de quien ejerce el poder en ausencia de un consenso construido de forma participativa, originando un orden social opresivo y carente de libertad y autonomía. Por su parte, la política de Esquilache se conoce como despotismo ilustrado. Las decisiones humanas, según ellos, son guiadas por la razón. Si Olivares era un dictador al uso, Esquilache lo era benevolentemente. El despotismo ilustrado grabó en piedra aquello de: todo por el pueblo, pero sin el pueblo.

Teniendo en cuenta lo explicado, ambos políticos dormán parte del Antiguo Régimen y ambos se movían –como pez en el agua- muy bien dentro de una dictadura. Eso sí, Esquilache cae mejor por ser benevolente. Olivares tuvo su antagónico en Francisco de Quevedo y Esquilache no. Esto también es importante. Que Quevedo te dedique su Epístola Satírica y Censoria merece un reconocimiento que Esquilache no tuvo. No confundir este Esquilache con Francisco de Borja y Aragón, príncipe de Esquilache.

En nuestra actual vida política encontramos gurús o válidos que se asemejan mucho a nuestros dos protagonistas. En el fondo son autoritarios –no digamos dictadores- en sus maneras y formas. A algunos se les nota demasiado. A otros no tanto porque utilizan ese deje benevolente que todo lo envuelve. Con una sonrisita o un sí, no te preocupes, consiguen hacer lo que a ellos les da la gana, en pos de un mandamiento a favor de la persona que tiene por encima de ellos.

Al fin y al cabo los tiempos han cambiado y todo ha evolucionado. Recordemos que la política si no la inventaron los griegos, como mínimo la dejaron escrita. Desde la República de Platón a otros libros y dramas que estructuran lo que sería posteriormente uno de los pilares más importantes de nuestra sociedad. Esas miserias y grandezas las dejó plasmadas Shakespeare en sus obras y un Maquiavelo en El Príncipe. Todos estos ejemplos ilustran que los siglos pasan pero las bajezas y las grandezas de la política son, han sido y serán siempre las mismas.

Por eso no es difícil encontrar a un conde-duque de Olivares o un marqués de Esquilache en nuestra vida política. Desde las más altas instancias al regidor más pequeño de un municipio perdido en las montañas. Todos llevamos o llevan un Olivares o un Esquilache en su interior. Siempre depende de cómo y de qué manera uno quiere imponer su pensamiento. A unos se les nota mucho y a otros muy poco. Sea como fuere muchos de nosotros podríamos dar ejemplos de personas –dentro y fuera de la política- que actúan como uno de los dos.

Al fin de cuentas estas bajezas humanas nos hacen ser esto, humanos. Luego vienen las simpatías. A uno le puede caer mejor un personaje u otro. A mí siempre me han gustado aquellos levantamientos populares simples. Como el motín de Esquilache o el levantamiento de 1821 en Barcelona por una mala corrida de toros en la Barceloneta. Por eso, aunque sé de qué pie cojea, me quedo con Esquilache, pues prefiero la benevolencia al autoritarismo.

Y llegados a este punto deberíamos hacer varias preguntas: ¿conocen ustedes a algún Olivares o a algún Esquilache? ¿Cuál de los dos le cae mejor? ¿Se han encontrado a alguien que actúa así en su municipio, pueblo o ciudad? ¿A cuál de los dos prefiere?

César Alcalá

Historiador

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