Esperando a Godot

octubre 02 08:01 2016 Print This Article
Roberto Giménez

Roberto Giménez

Este artículo no me ha costado ni cinco minutos escribirlo, sólo el tiempo que de encontrarlo en el archivo de mi ordenador. Lo escribí hace cuatro años, en septiembre de 2012, en la extinta Revista del Vallés y lo refresqué hace un año en este digital. Nunca he repetido un mismo artículo pero como estamos instalados en el día de la Marmota algo la excepción, y advierto que si Dios dispone, y el director me lo permite, el año que viene volveré a escribirlo el día después del Referéndum que se ha sacado de la manga Carles Puigdemont porque dia que passa any empeny, para que le aplaudan con las orejas los socios más indeseables del circo indepe, los que quieren que desaparezca la estatua de Colon.

Hace cuatro años acababa mi artículo después que Josep Lluis Carod Rovira hizo de gitana adivinadora y vio en su bola de cristal que la independencia de Cataluña llegaría en septiembre de 2014 como colofón al tricentenario de lo que cada 17,14 horas jalea una parte de la grada culé. Esto escribí entonces: el día siguiente, el 12 de Setembre de 2014, se bajará de nuevo el telón, y al otro día habrá una nueva función de Esperando a Godot…

Esta obra de teatro de Samuel Beckett está considerada la obra cumbre del teatro del absurdo, cuyo más alto representante en España es Enrique Jardiel Poncela con los ladrones son gente honrada.

Los ladrones de la ANC no se si son gente honrada; sí, ladrones, porque nos quieren arrebatar España a los catalanes que nos sentimos españoles, pero ahora quiero trazar el paralelismo con Esperando a Godot de Beckett.

Voy a hacer un spoiler para quien no conozca la historia de la obra del dramaturgo irlandés: dos personas (Vladimir alias Didi y Estragón alias Gogo, pueden llamarlos Puigdemont & Junqueras), se encuentran en un paisaje desolado esperando, esperando y esperando a un desconocido Godot. En esa eterna espera conversan y a veces discuten. Se repiten una y otra vez. Van dando vueltas a lo mismo. Nunca pasa nada. Se aburren y aburren “hoy no vendrá, mañana de seguro, sin falta, lo hará” . Es la frase que define la situación. Ese bucle melancólico es una tragicomedia de la nada. Hay una frase definitiva: “¡Nada ocurre, nadie viene, nadie va, es terrible!”.

El órdago separatista es un monumento a la política declarativa del absurdo del que nuestro país es maestro: Enrique Jardiel Poncela estrenó su obra once años antes que Samuel Beckett estrenara la suya.

El espejismo de unos desesperados que vagan por el desierto es una condena que, tal vez, merezcamos porque como un día leí a alguien: España ha sido una mala madre para los españoles. No recuerdo a quien, pero tiene razón porque si no, no nos pasaría esta fantasmal pesadilla a la que estamos condenados de por vida…

En el fondo, los separatas son Vladimir y Estragón, protagonistas de una obra absurda. Acabo con esta escena final paradigmática:

Estragón: No hay nada que hacer

Vladimir: Entonces ¿nos vamos?

Estragón: Sí, Vámonos.

(No se mueven)

 

Roberto Giménez

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