18 de julio

Julio 18 09:16 2016 Print This Article
César Alcalá

César Alcalá

Hoy se conmemora el 18 de julio de 1936. Evidentemente no seré tan frívolo como para decir que hoy Franco se levantó en armas contra la República. Y no lo seré porque no es cierto. Es verdad que se sublevó, como tantos otros, pero él no fue el iniciador de lo que conocemos como guerra civil. Por delante de él había generales de más prestigio como Mola, Kindelan, Cabanilles, Queipo de Llano o Milián Astray.

En tal día como hoy, y después de ochenta años, es menester hacernos una pregunta: ¿sirvió de algo la guerra civil? La respuesta es clara. No sirvió para nada. Pero, claro, esto es simplificar mucho la historia.

El proceso que nos llevó a una guerra civil se inició en el año 1833 con la muerte de Fernando VII. El Antiguo Régimen se quedó atrás y pasamos a un sistema político más abierto y, por así decirlo, democrático. Aunque esta última afirmación se tiene que matizar mucho. Por en medio hubo un movimiento llamado Carlismo. Estos consideraban que el heredero legítimo del trono de España era Carlos María Isidro de Borbón. Los otros, los isabelinos, reconocieron a Isabel II. Y la tenemos armada. En un siglo hubo 5 guerras carlistas, aunque tres de ellas sólo se desarrollaron en Cataluña. También podemos contabilizar sublevaciones, cambios monárquicos y una república. En pocas palabras, el siglo XIX en España fue de todo menos tranquilo. Y, claro, al llegar el siglo XX los ánimos tampoco estaban mucho mejor. El pistolerismo, la aparición del sindicalismo, la confrontación entre derechas e izquierdas, las diferencias sociales desencadenaron en un periodo turbulento. A todo esto tenemos que sumar el odio a la Iglesia Católica. Todo este coctel, bien batido, se convirtió en guerra civil.

Démonos cuenta de una cosa. Si en el siglo XIX hubo dos bandos llamados Carlismo e Isabelinismo, en el XX también aunque Cambió de nombre. Derechas e Izquierdas. Al fin y al cabo era lo mismo con diferentes nombres.

A lo que íbamos, la guerra civil no fue un desencadenante del siglo XX, sino la coletilla de lo que España vivió desde el año 1833. Si en ese año se levantaron los carlistas para defender los derechos dinásticos de Carlos V, en 1936 se levantaron para defender la República y sacar de las instituciones a todos los corruptos. Han leído bien. En ningún momento nadie quiso establecer en España una dictadura. Los generales que se rebelaron contra la República lo hicieron porque estaban hartos de la corrupción. Una corrupción que ya había vivido en época de Alfonso XIII. Consideraban y creían que España se merecía algo mejor. Por eso decidieron poner fin a un modelo corrupto y substituirlo por personas afines a la República, pero con unos ideales más afines a la no corrupción. En el fondo es lo que se está diciendo hoy en día y que ya pasaba en 1936.

El problema es que nada de esto paso. La corrupción, como otros muchos males, es intrínseca al ser humano. Y, cuando todos esos generales dieron un paso al frente se dieron cuenta que ellos habían participado en una rebelión, pero que eran demasiado mayores para encaminarla hacia un futuro prometedor, decidieron buscar a un líder. Por eso el general Cabanilles, el 3 de octubre de 1936, una vez terminada la Junta Técnica del Estado Mayor les comentó a aquellos que habían votado a favor del nombramiento de Franco a la Jefatura del Estado: “Ustedes no saben lo que han hecho eligiendo a Franco…no dejará que nadie le quite el puesto desde hoy hasta el día de su muerte”. Y es que el resultado final, los cuarenta años de dictadura en poco se parece a lo que en su día pensaron aquellos generales y militares que se levantaron una 18 de julio de hoy hace ochenta años.

Pues bien, desde el punto de vista histórico, teniendo en cuenta los argumentos expresados, la guerra civil no sirvió de nada. Es decir, no sirvió para sacar de la poltrona a corruptos republicanos, sino para instaurar una dictadura en España. Y no acaba aquí la historia. A los largo de los tres largos años de conflicto se asesinó a unas 600.000 personas de los dos bandos. Marcó a las generaciones que la vivieron y a aquellas que nacieron poco después. El país quedó arrasado y, mal que les pese a algunos, durante años siguió existiendo una doble vara de medir entre buenos y malos. Como antaño carlistas e isabelinos. Sólo con la muerte de Franco, la entronización de D. Juan Carlos I, la política llevada a cabo y encabezada por Adolfo Suárez, pero también por aquellos antiguos “enemigos” como La Pasionaria o Santiago Carrillo, permitieron que se olvidaran las dos Españas de Machado y fuéramos todos a la una. El tema lo jodió Zapatero con la ley de la memoria histórica. Pero eso es otra historia.

No nos podemos sentir orgullosos de haber vivido una guerra civil. No entraremos en matizaciones de las cosas que ocurrieron, porque no es el momento ni el sitio. Sociológicamente hablando una guerra civil divide un país y convierte a hermanos en enemigos. Por eso considero que es bueno que los historiadores hagan o cumplan con su misión de investigar y que el pueblo y los políticos se olviden de ella. No podemos volver a temas ancestrales divisorios. Lo que quieren hacer, o mejor dicho, lo que están haciendo los independentistas, es guerra civilismo. Y no me importa decirlo y repetirlo. Estamos o vivimos en una sociedad que, ahora más que nunca, debe permanecer y estar unida. Aquellas revoluciones del año 1848 han quedado en los anales de la historia. Muchas terminaron patéticamente y otras ni empezaron.

En un mundo que cada vez es más global y más centralizado o pendiente de las tecnologías, debemos dejar atrás quimeras estériles que sólo provocan división. Y no nos podemos permitir estar divididos. La generación de la guerra civil con la nuestra se diferencia en el conocimiento y en la tecnología. Por lo demás somos los mismos, con las mismas virtudes y los mismos defectos. Y son las virtudes las que debemos enaltecer. Dejémonos estar, en un día como hoy, de quimeras estériles y demos un paso al frente. Conocemos nuestra historia y sabemos lo que ocurrió. La sangre corrió pr las calles. Las casas se llenaron de dolor. Hubo hambre y miseria. ¿Estamos dispuestos a soportarlo de nuevo?

Creo que no. Nuestra generación tiene la obligación de velar por el futuro de nuestros hijos y nietos. Estamos condenados a entendernos y a construir un país cada día un poco mejor. Lo que divide merma nuestras opciones de futuro. Los nacionalismos e independentismos mal entendidos merman todo esto. El futuro está ahí delante. No imitemos el pasado, pues ya sabemos el resultado. Estamos a un paso de la excelencia. Por favor, no la jodamos otra vez.

César Alcalá

Historiador

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