In memoriam Marcos Pou Gallo

Julio 09 09:02 2016 Print This Article
Marcos Pou

Marcos Pou

El día a día provoca que algunas informaciones pasen desapercibidas por muchas personas. En particular aquellas pequeñas historias que, para algunos nos son próximas, pero que para la inmensa mayoría quedan en un espacio-tiempo sombrío. Por eso un medio de comunicación como este tiene el deber y el derecho de dar a conocer estas pequeñas historias. Porque con ellas crecemos todos como seres humanos.

Lo que podrán leer en este artículo es la historia de un joven, al cual le fue arrebatada la vida un día 22 de febrero de 2015. Un accidente de tráfico se la sesgó con veintitrés años. La historia de Marcos Pou Gallo aunque para algunos pueda parecer ordinaria, se vuelve ordinaria por su pasión por Cristo. Había terminado la carrera de Física y, en el momento de fallecer, llevaba dos meses en el Seminario. Como escribió el propio Marcos: “Mi vida es una aventura y soy muy feliz”.

Este mes la revista Tracce.it le dedica un artículo titulado Si, a tutto. La mejor manera de conocer a una persona es a través de los testimonios de aquellas personas que lo conocieron a lo largo de su vida. El primer testimonio es del P. Carlos Cano, el cual comenta:

Un día le conocí más personalmente cuando le oí en confesión. Me confirmé en mi impresión y vi en él un alma exquisita, un corazón sincero, una mirada limpia, un buscador empedernido. En todas las ocasiones que le escuché en confesión siempre constaté un amor apasionado a Jesús. Cuando vino de Tierra Santa y me contó su viaje, sólo habló de Jesús, de su Palabra, de su Presencia, de su encuentro personal con Jesús. Cuando regresó de su viaje a México, estaba desbordante de alegría por haber dado testimonio de Jesús y sentirse instrumento de la Gracia.

La última vez que le vi fue una semana antes de ingresar en el seminario. Recuerdo verle entrar en el confesionario y cuando le vi la cara intuí que algo muy importante me quería desvelar. Y así fue. “He terminado la carrera y me voy al Seminario”. No pude menos que levantarme y darle un abrazo, sin palabras y los ojos llorosos, de inmensa alegría. Le ví un hombre feliz, convencido, decidido a darle la vida a Quien tanto le amaba, Jesús. Esos son momentos sacerdotales únicos que llenan de esperanza y suavizan otros momentos de tristeza y desencanto.

El segundo testimonio de su primo Rafa Pou, el cual comenta:

“Sí, Rafa, si lo bueno del Señor es que hasta de la mierda saca petróleo…” – me dijo Marcos alegremente, con esa mezcla de misticismo y de realismo “tierra-tierra”, de humor y de profundidad, de cariño, que lo hacían tan humano.

También sería verdad decir que se quedará siempre en nuestra memoria, pero sería poco, muy poco, demasiado poco. Y repugnantemente fácil sería salirse con aquello de que “había cumplido su misión”. Pero no…¡nada de eso! Un tío genial, rebosante de vida, con toda una vida por delante, recién entregada al Señor en su entrada al seminario de Barcelona… ¿y se acabó? No. Yo creo no. Yo creo que su misión acababa de empezar. Es más, acaba de empezar. Me he acordado mucho de Santa Teresita de Lisieux, patrona de las misiones, que murió con 24 años, sólo uno más que Marcos. Esta doctora de la Iglesia decía que pasaría su Cielo haciendo el bien en la Tierra, que ahora, con la muerte, es cuando su misión comenzaba de verdad. Entonces es cuando podría cumplir su deseo de ser misionera hasta la consumación de los siglos, llevando a las almas a Dios. Y así, estoy seguro que Marcos va estar más activo que nunca a partir de ahora. Tocando desde Dios nuestras conciencias, alcanzándonos gracias y despertando nuestros corazones con el ejemplo de su vida entregada. Nuestras vidas no pueden seguir igual.

El tercer testimonio es de Julio Carrón y publicado en Religión en Libertad, medio de comunicación de Fundación Nueva Evangelización para el siglo XXI:

Queridos amigos: “Ninguno de vosotros  vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos”. Son estas palabras de San Pablo las primeras que me han venido a la memoria cuando he recibido con consternación la noticia de la muerte de nuestro querido Marcos. No creo que podamos encontrar otras más apropiadas para describirle. Quienes hemos tenido la dicha de conocerle hemos visto que no vivió para otro sino para el Señor. Su alegría desbordante tenía su origen en Él. Y su muerte no ha sido otra cosa que morir para el Señor. Nosotros no podemos mirar la vida y la muerte de Marcos sin tener ante nuestros ojos que “para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos”. El que ha sido Señor de su vida, es ahora Señor de su muerte. Participando de la muerte de Cristo, Marcos participa ahora de su resurrección, de la compañía de quien fue todo en su vida y que ahora nadie le podrá arrebatar. No lo podremos disociar en nuestra memoria de Cristo, de cuya plenitud ya vive. El desgarro que sufrimos por su alejamiento no podrá prevalecer sobre la felicidad de que Marcos goza en la compañía de su amigo del alma, Cristo. Su dicha acabará por vencer nuestra pena, haciéndonos entender la ley de la existencia cristiana: “En la vida y en la muerte somos del Señor”. La memoria de Cristo es el único bálsamo para una herida tan profunda.

Y el cuarto testimonio es la homilía que el P. Yago Gallo, tío de Marcos, pronunció el día de su entierro:

El sacerdote, no es una descripción nada teológica, pero el sacerdote es aquél que, de la mano de Jesucristo, porque, esta manera de ser, este caminar entre los hombres así lo inventó Jesucristo; es aquél que estirando los brazos, estirando mucho los brazos; estirando los brazos todo lo que puede, con un brazo, con una mano, aferra a Dios, con la otra mano, aferra al hombre, y les lleva -al hombre y a Dios- a la comunión.

El sacerdote es aquél que a pesar de sus miserias humanas, y por la gracia de nuestro Señor Jesucristo, consigue que el hombre y Dios se encuentren. Y fijaos: Marcos no ha pasado por el sacramento del Orden. No le ha hecho falta a nuestro Señor. Pero Marcos ya era sacerdote. Marcos, todo su hacer; todo su caminar; todo su hablar, era sacerdotal.

Estos días le agradezco infinitamente a Marcos, con su vida y con su muerte, y agradezco infinitamente a nuestro Señor que me mostrase de una manera que yo pudiera entender, y ojalá podamos todos entender, esta frase que hemos trabajado en estos meses en Escuela de Comunidad: “la vida no es un quehacer: la vida es un afecto”. Y el afecto, en Marcos, se cumple. Marcos quería al Señor. Marcos quiere al Señor.

Parafraseando a San Juan (21-25), otras muchas cosas hizo Marcos. Si se escribieran una por una, me parece que el mundo entero no podría contener los libros que pudiera escribirse. Parte de todo esto lo pueden leer en www.marcospou.com. Alli podrán leer muchos testimonios y, sobre todo un libro titulado Mi vida, que fue escrito por Marcos. Me gustaría terminar esta aproximación a la vida terrenal y espiritual de Marcos Pou con una frase el P. Carlos Cano:

La vida de Marcos tiene un sello inconfundible: ser un joven cristiano “modelo” para la juventud. Confío que un día pueda ser propuesto por la Iglesia a los jóvenes, como ejemplo a seguir.

César Alcalá

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