La Barcelona soñada

julio 07 16:57 2016 Print This Article
Vera-Cruz Miranda

Vera-Cruz Miranda

La legitimidad de una nación pasa siempre por remontar su existencia a la Edad Media, donde presumiblemente se sitúa su época dorada nacional. Los estados modernos, nacidos en el siglo XIX, han intentado demostrar su continuidad desde los tiempos medievales para explicar su presencia ininterrumpida, siempre incurriendo en un error diacrónico porque en esos tiempos no existían ni los estados ni las naciones en su concepción actual. Asimismo, el nacionalismo catalán hizo lo propio al defender un pasado nacional y construir un nuevo relato histórico y mitológico, acompañado también de la reconstrucción de elementos arquitectónicos que demostraran materialmente ese glorioso pasado.

En esa labor reconstructiva, comenzada a finales del siglo XIX, la ciudad de Barcelona fue uno de los principales objetivos. La burguesía catalanista al frente del Ayuntamiento quiso convertir Barcelona en una ciudad cosmopolita y eso pasaba por modernizar su núcleo histórico para que fuera más salubre, más habitable y más seguro. La transformación implicaba la destrucción del trazado urbano medieval, conservado hasta ese momento, con la apertura de nuevas calles como Vía Layetana o la destrucción de su perímetro amurallado para mejorar la comunicación. El objetivo era convertir Barcelona en ciudad de referencia del turismo urbano, pero no sólo eso, sino también reivindicar la identidad catalana a través de los monumentos que, como la mayoría habían sido derrumbados en esa misma reforma urbana, tuvieron que reconstruir haciendo creer a los visitantes que estaban ante verdaderos vestigios de la ciudad.

El falso barrio gótico que actualmente atrae a un sinfín de turistas se creó a principios del siglo XX. Hasta el nombre se inventó, pues anteriormente era conocido como el barrio de la Catedral. En esas reformas urbanas, además de la apertura de Vía Layetana, se terminó la fachada de la catedral que había quedado interrumpida en el siglo XV; se eliminaron las aceras y el tráfico; se reconstruyeron edificios añadiendo elementos neogóticos que imitaban el gótico medieval como los de la calle Montcada; y muchos palacetes en ruinas se convirtieron en monumentos históricos como el palacio de Requesens. Todo ello para garantizar un barrio medieval completo, dándole una falsa apariencia de antigüedad y demostrar así la continuidad histórica.

Estas reformas urbanísticas respondían a una necesidad turística, pero también a la de enseñar al mundo la identidad cultural propia de los catalanes. No es casualidad que los políticos y arquitectos impulsores de las reformas formaran parte del espíritu cultural de la Renaixença que quería devolver a la cultura catalana ese esplendor del pasado que hacía siglos que había perdido. Y tampoco es ninguna casualidad que quisieran recrear el entorno histórico del centro de la ciudad inspirándose justamente en la Edad Media y no en otros tiempos. Sin duda, tanto la reconstrucción histórica como arquitectónica respondían a una misma intencionalidad: construir una historia y un arte nacional, propio, que pudiera demostrar al mundo la antigüedad de la nación catalana.

Muchos arquitectos modernistas con fuertes convicciones nacionalistas ocuparon cargos políticos y promovieron construcciones, intentando buscar un símbolo nacional en el arte. Entre ellos, Puig i Cadafalch, que formaba parte del partido de la Lliga Regionalista y ocupó la presidencia de la Mancomunidad de Cataluña. Sentía una gran añoranza por el pasado medieval catalán: “l’edat mitjana, de la qual només ens aparta un parèntesi que romp la continuïtat de la nostra història, i de la qual ens deriva tot el que el regionalisme enyora”. Su discurso centra en el periodo medieval la plenitud cultural catalana y culpa de su decadencia a su unión con Castilla. Un discípulo suyo, Joaquim Folch i Torres, afirmaba que la reconstrucción monumental era como la reconstrucción de la patria: “hi ha tantes paralelitats entre un edifici i la nació hont s’aixeca que ja quasi en el nostre moviment lo mateix vol dir reconstruir els temples que reconstruir la patria”. Pretenden aglutinar el sentimiento nacional con la arquitectura, de modo que los edificios sirvan también para evocar a la patria.

La recreación de un falso barrio gótico forma parte de ese proyecto decimonónico de crear un nuevo relato histórico, ilustrado por medio de sus monumentos y edificios, que recordara el momento de máximo esplendor de los catalanes. Ese momento es la Edad Media, un tiempo al que ansían regresar, donde creen que podrán volver a vivir en plenitud. Sin embargo, no son más que ensoñaciones camufladas en un argumentario al que le pretenden dar una justificación histórica que, sin duda, debe acompañarse de cierta falsedad para que se pueda adaptar a sus necesidades. Esa obsesión, nacida en el siglo XIX, de remarcar constantemente la diferencia de la identidad nacional ha conseguido viciar el verdadero relato histórico y monumental de nuestro pasado.

Sin embargo, y a pesar de las falsedades y reconstrucciones, el barrio gótico de Barcelona merece una visita porque en él todavía se esconden rincones y elementos que transportan directamente a los tiempos medievales en el que los comerciantes y los artistas enriquecían la ciudad. Como bien describió don Quijote, pasada ya la Edad Media: “Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única”. Así es Barcelona y no es necesario soñarla.

Vera-Cruz Miranda

Doctora en Historia

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2 Comments

  1. ciatopo
    julio 08, 05:22 #1 ciatopo

    Muy buen artículo. Cuanta verdad!. Gracias

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  2. Joan
    julio 15, 15:48 #2 Joan

    És lògic que un poble vulgui recuperar les seves arrels que han estat anorreades. Vostè sembla pretendre que el poble català no ha existit mai i que és un invent només perquè el Modernisme i la Renaixença restauraven edificis medievals. Ridícul i acientífic

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