La cara oculta del nacionalismo

junio 18 09:30 2016 Print This Article
José Manuel Gómez

José Manuel Gómez

Pretendían los imaginativos diseñadores y parteras de la nueva patria, al estilo de auténticos expertos agentes de marketing – intentando emular el eslogan de la Revolución de los “Claveles” de Portugal-; bautizarla nada menos que como  la revolución de las “sonrisas”; con lo cual, bastaría enseñar simplemente los dientes, para llegar al final feliz en la intrépida empresa proyectada. Con tal pócima mágica, su propia nación y el mundo entero, darían el “plácet” unánime a dicha novedosa y osada mutación del mismo orden internacional en base a un derecho aún no inventado en lugar alguno y que no fuera el utilizado en su día para facilitar la independencia de  la “época colonial”, que obviamente no era el caso por estar inmersos en un contexto diametralmente diferente al ser el suyo un Estado social democrático de derecho  legítimo y vigente. El siguiente reto por lógica supongo, dentro de esta loca dinámica, sería cuestionar el derecho del mismo veto de los países vencedores de la II G.M., pues si habían desafiado y ganado el pulso a una plena democracia frente a su mismo país, nada menos que “al mayor y más longevo Imperio de Occidente desde la misma Roma”, no tendría sentido esa unilateral y antidemocrática imposición bélica de esas también ahora anacrónicas y fósiles potencias.

La Historia, más que alterarla ingenuamente con fines propios, debe estudiarse, sin intentar hacer trampas por el simple dicho que de ella se predica: “ que la hace quien la paga”; pues en este caso la misma, ya había dado una infinidad de conclusiones y sentencias al respecto sobre las causas y efectos de esta sólo aparente nueva faceta del inquieto y agresivo espíritu humano de intentar alterar sí o sí las cosas e instituciones a la brava;  razones por las que las respectivas constituciones, ya se habían protegido y blindado tanto para evitar tanto el abuso de las mayorías, como de las minorías. El llamado “pacto social” en suma, que como verdadero hito de la Historia del ser humano, había evitado por primera vez tanto el clásico uso de la fuerza, como la justificación del poder por mero mandato divino.

Esa sabia Historia nos recordaba a su vez, como movimientos políticos sociales aparentemente pacíficos y democráticos en un inicio, habían degenerado en verdaderos ya no ríos, sino auténticos Océanos de sangre. Ese, es exactamente el riesgo o precio a pagar de intentar alterar ingenuamente el sólido “status quo” vigente. Haciendo un símil, una cosa es la ilusión del pretendido nuevo juguete que pretende vender el comerciante, y otra cosa muy distinta es omitir esas rígidas y necesarias  instrucciones que eviten su inadecuado uso, las cuales deben tener muy presente tanto el mercantilista de turno, como  a su vez el habitual adulto consumidor  respecto a  ese producto final creado o inventado.

El mismo Hitler, habremos de convenir que finiquitó al menos  la Constitución de Weimar una vez que tuvo la mayoría de representación parlamentaria del país en su conjunto, no antes, y menos desde un mero Parlamento de ámbito puramente regional. No obstante, ya previamente, excitando al pueblo, utilizó el empleo de la fuerza contra ese orden legal establecido que lo llevó precisamente a prisión por aplicación de las normas imperantes a tal ciudadano díscolo con aires de emperador. Esa violencia volvió a reiterarla, incrementándola en “la noche de los cristales rotos”, ahora ya de forma selectiva contra una etnia en concreto, que paradójicamente dicen que está dentro este más que ya aburrido galimatías y entuerto nacionalista. Que hay una “potencia extranjera” interfiriendo en los asuntos internos y soberanos de España en algo tan perenne y sólido como es la “integridad territorial”, observen pues no lo digo yo, pues lo dicen sin rubor los mismos líderes del “Procés”.

Lo que pasó posteriormente en el pueblo alemán es bien conocido por todos, pues esa cólera y odio sembrado, en base a la idea de patria, pueblo, lengua y robo, degeneró en la mayor locura que jamás había desafiado al mundo entero. Su resultado, nada menos que un desayuno de almas, que se calcula entre 40 a 70 millones de muertos.

Stalin, se quedó un poco más corto, pues sólo se almorzó calculan entre 9, 17 o 37 millones según las diversas  fuentes. Mao Tse-Tung, para no ser menos, con su buen rollito de primavera, se cenó nada menos que entre 8 a 65 millones según diferentes estudios.

Si es cierto que en pocos años, estas dos últimas sociedades, pasaron prácticamente de la Edad Media a la Edad Contemporánea, pero la sangre derramada como “medio”, convendremos todos, salvo los locos,  no justificó el anhelado “fin”.

Todos estos emuladores de Saturno como devorador de sus propios hijos, empezaron de una forma aparentemente democrática, todos decían tener el mandato del pueblo en su conjunto, no meras regiones. Todos juraban y perjuraban que sus únicos fines y cada uno de sus actos, eran “por y para el pueblo”; con lo que sus respectivos mandatos, serian exclusivamente tendentes a lograr la felicidad común, mejorado así sus tristes vidas, a la vez que desterrarían  las miserias y las crisis. Dichos dirigentes políticos, en absoluto decían la verdad; pero unos ciudadanos por desinterés, otros por ingenuas expectativas, otros por ser meros estómagos agradecidos, y la mayoría por prudencia y miedo, cayeron como mero “rebaño” en las manos de esos malos pastores, quienes utilizando todos los resortes del poder, incluyendo el control de la generalidad de los medios de comunicación, llevaron a sus respectivos pueblos al mismo infierno, como intentando emular ahora a Virgilio de Dante, pero más que para pasear por los siete círculos, era para quedarse  irremediablemente en ellos. Todos esos lobos, expresaban que instaurarían una verdadera democracia, que retornarían el orgullo nacional patrio, su dignidad y su capacidad de decisión como auténticos ciudadanos en cuanto a igualdad, libertad y fraternidad.

En cuanto al “Procés” catalán atañe, no es una excepción a lo anterior, pese a ser lógicamente de diferente entidad, pero hoy, ya podemos aseverar que ni era una revolución de sonrisas, ni mucho menos pacífica como lo manifiestan los múltiples hechos notorios sucesivos de constatadas agresiones gratuitas, donde sólo restaría  pegar a los “niños” después de hacerlo a las mujeres; aunque pensándolo bien, tal patético cuadro ya lo vimos previamente en imágenes de televisión, cuando un menor lloraba, protegido por los M.E., mientras unos cachorros nacionalistas sedientos de sangre pegaban a su padre, cuyo único “delito” era llevar la bandera de España.

Decían los viejos en su pozo de sabiduría. “más vale malo conocido – suponiendo que sea malo, pues es la misma razón humana que rige en todo el orbe -, que bueno por conocer”. No ociosamente el nacionalismo es el imperio de la pasión, que no de la razón, y eso, que se sepa, es lo que únicamente diferencia al Humano de la bestia.

Una reflexión final, si por azar toca la flauta y funcionase la pócima de rana, ojos de murciélago y rabo de burro, y con ello, alterasen la configuración de fronteras de toda la faz de la Tierra, creando así mil países idílicos nuevos; les pregunto a los adultos,  ¿qué pueblo o aldea se llevará la bomba atómica?. Lo dicho: viva el elogio a la “locura”. Viva la rebelión en la granja que lleve al poder al caballo y a los cerdos,  muera la cultura, y viva la muerte, que ahora a la inversa,  promociona la extrema izquierda. “Saludemos pues de nuevo a la misma piedra”, diría la Historia.

José Manuel Gómez 

Abogado

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