El transatlántico Catalonia

Marzo 29 16:32 2016 Print This Article
José Manuel Gómez

José Manuel Gómez

Era indiscutible la sólida construcción de tal titánico navío, cuya eslora, solidez y prestigio, se atisbaba incluso desde cinco millas marinas, solo con ver simplemente como humeaban sus tres flamantes chimeneas que expulsaban el exquisito oro negro que lo impulsaba, traído expresamente de las mismas entrañas de la verde Asturias. Era uno de los soberanos de todos los mares, cuyo prestigio futuro, ya se intuía desde su misma construcción en los diferentes astilleros del país de abanderamiento; pues estaba forjado, con el más exquisito duro acero de los altos hornos vascos; a lo que había que añadirle, la meticulosa y exquisita pericia posterior de su montaje y acabados, realizado tanto en los prestigiosos astilleros gallegos, como posteriormente en los no menos conocidos homólogos andaluces; razones todas ellas, por la que le apodaban “la niña bonita” de España.

Con el paso de los Siglos, fue modernizándose acorde a los tiempos de la permanente revolución industrial imperante, cambiando la sólida materia prima de propulsión, ahora por el liquido gasóleo; optando “democráticamente” además, por una nueva estética interior, con unos impecables y lujosos acabados náuticos, instalados por una cualificada mano de obra, traída de todo el reino; coordinación que por “primera vez”, había logrado un auténtico y hasta ahora desconocido “estado del bienestar”, teóricamente generalizable a toda la tripulación.

Mucho del mérito, era del reino en su conjunto, que lo había apadrinado desde su misma botadura, a base de continuas y constantes inversiones, incluso detrayéndolas de otras regiones más necesitadas, bien fuese con aranceles, u otros claros proteccionismos industriales de todo tipo; por lo que dicho proyecto, ni en sueños fue realizado de forma visceral, ni mucho menos, fue fruto del mero capricho o del azar; al contrario, se efectuó de manera consciente y calculada, aprovechado su excelente ubicación marina y su proximidad a Europa, y cuyo objetivo final, era crear el mayor “buque insignia” nacional; una auténtica “ joya de la corona”, que permitiese a su vez, hacer de locomotora del resto; expectativas estas, que se habían superado con creces en todos los sentidos para el propio interés, prestigio y ganancias de todos los inversores, trabajadores y directivos navieros.

A estos últimos, en base a su supuesta pericia académica, expedida por el propio Ministerio de Marina; como patrones. se les delegó el “puente de mando”, con una clara “hoja de ruta” a seguir en su bitácora, con rumbo y parámetros internacionales certeros, plenamente reconocidos y legales, tanto en cuanto a latitudes, o longitudes, expresando con ello sus “limites” y “limitaciones” para no arriesgarse, -saliéndose de su ruta-, a las turbulentas aguas donde se sabía se practicaba aún la piratería; reglas de juego democráticas en definitiva, que se estilaban e imperaban en todo el orbe terráqueo; y cuyo objeto final, era evitar esos mil y un obstáculos futuros impredecibles, fuesen estos mareas, icebergs, tormentas, o riesgos resultantes del conocido inquieto espíritu, el decisivo factor humano en definitiva.

En su sólida navegación, funcionaba aparentemente como un reloj suizo en todo el prolongado intervalo de tiempo, desde que se le efectuó la última restauración integral, ampliándole incluso la eslora; pues pese a su grandeza, con los nuevos tiempos, se había quedado pequeño en el nuevo exigente contexto internacional, donde tocaba codearse con otros grandes colosos marinos, que se habían convertido ahora ya no sólo en titanes, sino que dupicándose, habían pasado a ser auténticos krakens que dominaban todas las aguas internacionales; razones todas ellas, por la que hizo aconsejable dotar de un mayor tamaño a nuestro navío, entre otras obvias razones, para evitar un eventual abordaje por mero choque accidental con estos nuevos monstruos marinos.

El resultado de esta nueva travesía, de nada menos que de treinta y ocho años de solera, había sido todo un éxito, y sin duda, la más “gloriosa” en toda la Historia jamás conocida, y que tantos logros y alegrías dio al país de abanderamiento, su tripulación y a los mismos responsables del puente de mando; unión de fuerzas y sinergias, que obtuvo el pleno reconocimiento internacional, gracias en buena parte, al buen hacer y pericia de sus pilotos, así como a la no menos excelente sincronización, tanto de marineros y pasajeros, coordinación como nunca jamas antes se había visto; pues en la memoria histórica, no quedaba tan lejos la imagen del triste navío del S.XIX ingobernable, que terminó casi hundido en el Siglo siguiente, rodeado de sangrientas aguas, fruto de la misma cólera de sus pasajeros, resultado directo de tener unos ineptos y temerarios patrones al mando del timón. Muy al contrario, en el contexto ahora actual, era sinónimo de eficacia, de inversión, modernidad tecnológica y turismo, todo ello, fruto de de un marca genuina nacional renovada; sólida credibilidad que contribuyó sin duda a hacer posible unos juegos olímpicos en su misma cubierta, los cuales pasaron a ser los más laureados y dorados, para el grato y general recuerdo del mundo.

Y paradójicamente, a raíz de dicho evento, algunos dicen que se instaló el huevo de la serpiente y de la discordia futura, pues hizo perder la realidad del Norte a una élite dirigente de estrechas miras locales, a la cual se le hacía demasiado grande la nueva visión global internacional que se les proyectaba, y con ello el alta mar, pues se sentían más cómodos con la mera navegación costera.

Es así, como pese a ese sólido “status quo” y la buena bonanza en la navegación; inexplicablemente, no se sabía al principio bien el por qué, -hasta que posteriormente se tuvo acceso al libro de bitácora-, volvían de nuevo los miedos y fantasmas de ese lastre pasado, y que surgió súbitamente en forma de espesa niebla, amenazando nuevamente con privar del nítido horizonte y de su certera ruta firme y eficaz previamente fijada en la carta náutica, y todo, pese a haber recobrado el democrático rumbo y su consiguiente peso internacional que por propiedad le correspondía; y no se sabe a ciencia cierta tampoco por qué, sorpresivamente, también empezó a agriparse el motor impulsor, que derivó en prolongada angustiosa derrota a la deriva del navío respecto a ese plan de navegación, sin que nadie se preocupara lo más mínimo de rectificar el rumbo, lo que llevó al coloso transatlántico a escorar su normal verticalidad y equilibrio; inestabilidad que con la tempestad creada, tendía a llevarlo a los letales adyacentes acantilados.

Unos decían que era fruto de una mera tempestad ficticia ocasional, que se instaló en los mares; otros al contrario, indicaban como factor principal, la falta de pericia del puente de mando al dejarse arrastrar por unas sirenas díscolas, cuyo cántico romántico, eclipsaba el entendimiento de dichos hasta hora razonables y supuestos expertos marinos.

Sea cual fuese la causa, el caso es que empezó a correr el normal pánico entre los tripulantes, que emitieron un claro “Mayday”, “Mayday”, que incrementó aún más la preocupación del conjunto del ahora soberano armador, quien ante tal fuerza mayor, con el barco en esa clara deriva, tenía necesaria e irremediablemente que tomar una drástica decisión para evitar graves mayores ante tal aparente inusitado, y ahora ya conocido motín; promovido sorpresivamente por los oficiales al mando, quienes lejos de estabilizar el orden y el rumbo, pese a la obvia avería del motor, pretendían aún así, incrementar temerariamente los nudos de navegación, a la par que excitaban la tripulación, contribuyendo aún más al caos, en aras de unos espurios y oscuros intereses propios de su casta y rango; personajes estos que incluso tuvieron la osadía de intentar romper la misma carta de navegación, obligando e imponiendo esa clara minoría, un preocupante y desconocido nuevo rumbo, y por ende, intentando cambiar a la brava también de bandera por otra ahora más estelar y caribeña; anarquía esta del puente de mando que favorecía un cantado desastre final, tanto para la necesaria paz a bordo, pues los insurgentes, además, eran obvia minoría; como del mismo casco de la nave, por esa ahora visible deriva, que lo desplazaba sin rumbo hacia el atrayente y letal acantilado.

En este arduo contexto, y habiendo saltado todas las alarmas, acorde al estricto reglamento y preventivas leyes internacionales marinas plenamente vigentes, entre ellas la correspondiente a motines, sin descartar incluso conatos de piratería; corresponderá a Capitanía, hacer entrar en juego la pericia del práctico y su buen hacer profesional, para poder remolcar dicha joya de la corona a buen seguro puerto; y así proceder, a efectuar sin demora ni miramiento alguno las reparaciones que sean oportunas en el casco, que garantice tanto su propia seguridad, como por ende la de sus pasajeros; con las responsabilidades que correspondan a tal díscolo puente de mando; y que no quepa duda a nadie que todo ello sera certero; con la garantía adicional, que en corto espacio de tiempo, volviendo a navegar, se recuperara su solo provisional cuestionado digno honorable prestigio, así como su real posición que por su rango le corresponde en alta mar, su verdadero medio natural, que no costero.

José Manuel Gómez

Abogado

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