La oxidación catalana

Febrero 27 10:56 2016 Print This Article
Vera-Cruz Miranda

Vera-Cruz Miranda

El nacionalismo avanza como la corrosión, lentamente y en silencio, pero cuando uno quiere darse cuenta está todo oxidado. En Cataluña sucede algo parecido, el deterioro producido por el nacionalismo ha logrado colarse en todos los ambientes, ya sean políticos, culturales, religiosos, educativos y privados, en los que se olvidan las verdaderas funciones a las que estaban destinados. Por desgracia, uno de los espacios dañados es el eclesiástico, donde se mezclan en muchas ocasiones elementos nacionalistas con las prácticas religiosas, alejando del centro la verdadera esencia de la Iglesia.

Así ocurre en uno de los monasterios emblemáticos para la historia de Cataluña: Poblet, panteón por excelencia de los reyes de Aragón y condes de Barcelona. En ese lugar, testigo de gran parte de la historia de la Corona de Aragón, donde los monarcas decidieron descansar eternamente, se mezclan elementos que no es conveniente que convivan juntos. Me refiero a la reafirmación de la nacionalidad catalana en el lugar destinado a proclamar la Palabra de Dios. Sí, en efecto, en el ambón de la iglesia mayor del monasterio, lugar destinado a leer el Evangelio, se reivindica la utilización de la lengua “nacional de Catalunya”. El ambón es una pieza actual, firmada por Subirachs, muy sobria, que no interfiere en nada la visión de conjunto; de hecho, puede pasar totalmente desapercibida para el visitante porque la mirada se dirige a las solemnes tumbas reales o al magnífico retablo de alabastro. Sin embargo, en el lateral puede leerse lo siguiente: “Proclamem la Paraula de Déu en la nostra parla. II Congrés Internacional de Llengua Catalana”. La colocación de estas líneas en el lugar destinado a proclamar el Evangelio parece, por lo menos, poco apropiada, pues uno empieza a sospechar que detrás del mensaje se esconde cierta intencionalidad. No obstante, el tríptico informativo del monasterio despeja cualquier duda que pudiera existir sobre este aspecto, pues explica que esta obra, y por tanto el escrito: “significa un compromiso para la comunidad de Poblet de ser fiel a la identidad y a la lengua nacionales de Cataluña”. Después de esta explicación se entiende a la perfección la finalidad del ambón que no es otra que manifestar la fidelidad de la comunidad monástica de ser fieles a la lengua nacional, el catalán, y a la identidad nacional catalana.

La lectura de estas explicaciones, flanqueado por las tumbas de los monarcas de Aragón, sinceramente entristece porque no es el lugar más adecuado para este tipo de manifestaciones que parecen contrarias a la universalidad de la Iglesia. De hecho, no encajan con la mentalidad de los soberanos medievales que allí descansan, quienes eran plenamente conscientes de la pluralidad de los territorios que formaban parte de la Corona, así como de la necesidad de interconexión entre unos y otros. No conocían la supremacía de un reino sobre otro, ni de una lengua sobre las otras. Todo lo contrario, asumían la pertenencia a un conjunto mayor, tanto geográfico como político: España, porque su concepción política era muchísimo más amplia que la del nacionalismo actual.

Este tipo de reivindicaciones nacionales tampoco encaja con la sociedad catalana, cuya pluralidad debería ser ejemplo y no un problema. Muchos catalanes no estamos representados, como viene siendo habitual, porque sesgan parte de nuestra historia, parte de nuestra cultura y parte de nuestra riqueza lingüística, olvidando que el castellano es tan lengua propia de Cataluña como lo es el catalán, y que la supuesta nacionalidad catalana es el intento de eliminar la pertenencia a una nación más grande, un sentimiento de pertenencia que sí que tenían los reyes enterrados en Poblet porque eran mucho más cosmopolitas, permítanme esta expresión, que los nacionalistas de ahora.

Quizá ha llegado el momento de desoxidarnos y recobrar la mentalidad de nuestros soberanos medievales. Podríamos intentar recuperar muchos ambientes de Cataluña para que volvieran a mostrar su color, su textura y su finalidad originaria en los que todos volviéramos a estar representados. Podríamos comenzar a intentarlo.

 

Vera-Cruz Miranda

Doctora en Historia.

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