No digo que no existan…

Febrero 14 09:12 2016 Print This Article
Roberto Giménez

Roberto Giménez

Estoy convencido que a usted le ocurre como a mí: conoce a muchos más hijos de izquierdas en el seno de familias de derechas que viceversa. Para ser más preciso: no he conocido a nadie de derechas que sus progenitores sean de izquierdas. No digo que no existan, sino que no he conocido a ninguno, y tengo una edad suficientemente provecta para haberlos conocido.

Cosa distinta es que un joven izquierdista con los años se cambie de acera. Eso sí que es más frecuente, pero no tiene que ver con la ideología sino con la vida. Un joven tiene toda la vida por delante, pero habitualmente los bolsillos vacíos. Los años no sólo acumulan barriga sino también kilos (y no hablo de peso aunque sí de pesos).

Hay una ley casi matemática, o física si hablamos de vasos comunicantes, que dice que contra más pesa la cartera más de derechas se es. Hay excepciones que confirman esta regla, que es tanto sociológica como psicológica.

Esta razón de interés por el parné distinguen al primer mundo de los países emergentes. Éstos tendrán la tendencia natural a volverse de derechas una vez hayan conquistado el ansiado Estado del Bienestar. Mientras serán de izquierdas.

Paradójicamente, eso no quiere decir que una sociedad orientada a la derecha, porque tenga más riqueza, sea más justa, ya que distribuir no es el patrimonio que más abunde en la diestra. No es la distribución sino el egoísmo lo que más cotiza en su Bolsa.

En lo único que coincidieron Quevedo y Góngora en su secular porfía cuando el madrileño decía Poderoso Caballero es Don Dinero, el cordobés respondía: ande yo caliente y ríase la gente…

Los valores de la ética y honestidad están más escorados hacia la izquierda. Esta contradicción es la leña seca que alimenta, y alimentará, la dialéctica política hasta el día del juicio final.

La Utopía forma el meollo sustancial de la república de las Ideas desde los tiempos de Platón, pero no es material que se encarne en el mundo real en el que privan por encima de todo los intereses (llámense ambiciones o pasiones; la argamasa tiene ese mismo material).
Se engañan quienes creen en las utopías porque el ser humano está hecho de barro, se crea o no en la Biblia. Y ahí está el talón de Aquiles de cualquier sistema político. El barro. El hombre.

El comunismo fue la mayor perversión de la Utopía política del siglo XX. El nacionalismo lo fue del siglo XIX aunque sus efectos más brutales estallaron en Alemania en los años 30. Algo tan abominable que en Europa ningún partido respetable se atreve a calificarse como nacionalista. Esta palabra se ha quedado en el reducto de la extrema derecha. Lo que sucede en Cataluña o País Vasco es una anomalía histórica por no ser un fenómeno fachenda…

La Utopía no es de este mundo. Si hasta el cristianismo, que ha sido la más hermosa lección de humanidad que ha dado la Historia, ha generado nutrida prole de hijos bastardos: la Inquisición, represión, papados infames, cruzadas salvajes y un sin fin de guerras religiosas entre los mismos cristianos…

Pensarán, y no sin falta de razón, si se me ha ido la olla: he empezado hablando de izquierdas y derechas y he acabado con la Inquisición cuando pretendía hablar de separatismo.
Me he quedado sin espacio, así que lo aplazo para la próxima Carta del Domingo en el que les contaré por qué no conozco a ningún hijo de separatas que no lo sea también. Les ocurre, más acentuado, como a las familias de izquierdas con las que he empezado este artículo.
Como decía al principio: No digo que no existan, sino que no he conocido a ninguno, y ya tengo una edad.

Roberto Giménez

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